domingo, 16 de agosto de 2009

"Vietnam" El Conflicto mas Importante de la Posguerra


La guerra de Vietnam fue el conflicto más importante de la posguerra. Modificó las relaciones entre militares y civiles, y entre políticos y periodistas. Puso en evidencia los límites del uso de la fuerza y transformó para siempre las relaciones entre aliados y bloques de la guerra fría. Estrategias supuestamente eternas se derrumbaron como castillos de naipes y teorías hasta entonces indiscutibles, como la del dominó, se vinieron abajo.
Francia volvió a ser derrotada y los Estados Unidos sufrieron la humillación más grave en sus dos siglos de vida como estado independiente. Además de la derrota militar, su sociedad se resquebrajó internamente en un conflicto comparable sólo, por sus consecuencias, al de la guerra civil.

Como dejó claro hace años el historiador Michael Beschloss en el libro 'Taking Charge', síntesis de las conversaciones del presidente Lyndon B. Johnson en la Casa Blanca, EEUU entró en Vietnam a ciegas.

Ninguno de sus intereses vitales estaba en juego. Peor aún: siendo perfectamente conscientes de ello, sus máximos dirigentes no quisieron o no pudieron impedirlo.

EEUU heredó de Francia una guerra de descolonización y la convirtió en una guerra ideológica. Perdió de vista por completo las razones originales del conflicto –el control del arroz, estaño y, sobre todo, caucho del imperio Michelín- y lo convirtió en una guerra ideológica, movida exclusivamente por el prestigio y los intereses burocráticos.

La victoria de Mao en China, en 1949, cambió radicalmente la situación en las antiguas regiones coloniales de Tonkin, Annam y Cochinchina. Lo que hasta entonces había sido un problema colonial francés, uno más de tantos, de repente adquirió una importancia estratégica inusitada para Occidente.

Francia trató de vietnamizar el conflicto, pero la situación interna francesa a comienzos de los 50 hizo inviable una estrategia eficaz. Con todo un ejército profesional y una superioridad abrumadora en aviones, carros, artillería pesada y medios de transporte, Francia sufrió en Dien Bien Fu el 7 de marzo del 54 a manos del Vietminh del general Nguyen Giap, tras 55 días de asedio, su derrota más importante desde la Segunda Guerra Mundial.
Imagenes Crudas de la Guerra de Vietnam



Una nueva guerra
Fue la derrota definitiva de Francia, pero empezaba una nueva guerra. El armisticio firmado en Ginebra el 21 de julio del 54 dividió la península por el paralelo 17, prohibió toda ayuda militar a las dos partes, el norte quedó en manos del Vietminh, comunista, y el sur, bajo el emperador Bao Dai y su tristemente célebre primer ministro Ngo Dinh Diem. Se reconoció la independencia de Laos y Camboya, y se acordó la reunificación de Vietnam para el año 56.

Transcurrieron los plazos, nadie respetó lo firmado, el referéndum de unificación nunca se celebró y, en contra de los acuerdos internacionales, Eisenhower, obsesionado todavía por la experiencia de Corea, empezó a enviar asesores militares. Washingon destituyó a Bao Dai y apoyó la represión de sus sucesores en Vietnam del Sur. Estos cometieron el error de perseguir a los budistas en un país cuya religión mayoritaria es el budismo y su títere, Diem, llenó el gobierno de católicos, parientes y amigos.

Creció la corrupción, los medios de comunicación críticos fueron clausurados, John Kennedy se dejó arrastrar por la herencia republicana y, en el 61-62, la Administración estadounidense estaba financiando ya el 80% del presupuesto del régimen de Saigón.

A imitación del Vietminh, que dirigió la lucha contra Francia, el 20 de diciembre del 60 se funda en Vietnam del Sur, con apoyo de Hanoi, un frente de liberación bautizado con el nombre de Vietcong y comienza otra guerra de cuyo final se cumplen ahora 25 años.

El 'New York Times' la califica hoy como «una guerra sin sentido». Millares de norteamericanos han llenado de flores el paseo junto al muro de granito negro, en Washington, con los nombres de los 58.219 estadounidenses fallecidos o desaparecidos en aquella guerra. Según Vietnam, también murieron tres millones de vietnamitas (del norte y del sur), 2 millones de ellos civiles.
Desde la firma de la paz, en 1973, se han recuperado en Vietnam los restos de 554 estadounidenses desaparecidos en acción. Todavía quedan más de 300.000 vietnamitas y 2.029 estadounidenses desaparecidos en la guerra, 1.518 de ellos en Vietnam (el resto en Laos y Camboya).

John McCain, senador republicano por Arizona, presidió el 25 de abril en Hanoi la ceremonia de entrega de los últimos seis cadáveres de desaparecidos recuperados hasta ahora. «Creo que deberíamos ayudar a los vietnamitas a descubrir el paradero de los que faltan», declaró McCain, emocionado, tras recordar los cinco años que estuvo prisionero en la capital vietnamita.
Fotos Militares del Vietnam



Las huellas

Aunque Vietnam y EEUU restablecieron relaciones diplomáticas el 12 de julio del 95, las huellas de la guerra tardarán generaciones en borrarse. Hoy vive en EEUU más de un millón de personas nacidas en Vietnam, lo que les convierte en el quinto grupo más numeroso de inmigrantes. Gerald Ford, el presidente obligado a ordenar la retirada definitiva, el 30 de abril del 75, lamenta, sobre todo, no haber podido salvar a muchos más en la evacuación final.

En sus recuerdos de aquel último día, Henry Kissinger, a la sazón secretario de Estado, escribe hoy en 'Newsweek': «[El presidente y yo] nos habíamos convertido en espectadores de un drama sobre el que nada podíamos hacer, paralizados entre un dolor imposible de evitar y un futuro que todavía no estábamos en condiciones de encauzar».

Así concluía un conflicto sobre el que se han escrito millares de libros y sobre el que sigue habiendo más diferencias que coincidencias. De 10.000 guerrilleros en 1960, el Vietcong llegó a contar con más de 100.000 en el 64. A la muerte de Kennedy, ya controlaba el 80% del territorio y el 60% de la población del sur.

La guerrilla disponía de armas estadounidenses que robaba al Ejército survietnamita, cada año más debilitado por las deserciones, las conspiraciones y las rebeliones. La eliminación de Diem y la conversión de un conflicto limitado en una invasión directa y masiva por orden de Kennedy agravó, en vez de aliviar, la guerra.

A pesar de sus reticencias, Johnson fue el responsable del cambio de planes que condujo al desastre. Los efectivos estadounidenses pasaron de 23.000 en el 64 a 120.000 en el 65 y a más de medio millón en el 68. Se convirtió en el mayor despliegue militar desde la Segunda Guerra Mundial.

EEUU utilizó la tecnología militar más avanzada, salvo las armas nucleares. Como innovación táctica principal, empleó masivamente el helicóptero para el transporte de tropas. Enfrente tenían, al principio, un ejército guerrillero ligeramente armado con morteros y pequeños cohetes, y con algo más de medio millón de hombres.

Desde el 64 la aviación estadounidense bombardeó el territorio al norte del paralelo 17 sin declaración de guerra. Hasta 14 millones de toneladas de bombas llegó a lanzar EEUU sobre Vietnam del Norte, 10 veces más que las lanzadas durante la Segunda Guerra Mundial sobre toda Europa.

A diferencia de los bombardeos sobre Alemania, los de Vietnam no pudieron destruir al enemigo porque, simplemente, en Vietnam no había objetivos industriales importantes. Entonces, como hoy, la mayor parte de la población vivía de la agricultura. A los campesinos vietnamitas les causó mucho más daño los 70 millones de litros del herbicida naranja que todas las bombas.
Fotos de la Guerra del Vietnam



La estrategia

La estrategia estadounidense, decidida esencialmente por tres asesores de Kennedy –McGeorge Bundy, Robert McNamara y Dean Rusk- siguió la doctrina clásica de que la victoria depende de una combinación del control territorial y del desgaste del adversario. Por eso la mayor parte de las fuerzas de EEUU se desplegaron en dos zonas: a lo largo de las fronteras de Vietnam del Sur para impedir la penetración del enemigo y en la meseta central, donde estaban concentradas las principales unidades militares del norte. La idea era que, derrotando a las fuerzas principales del norte, la guerrilla del sur estaría acabada.

La estrategia falló por dos razones: el Vietcong estaba haciendo una guerra de guerrillas y no, como suponía EEUU, una guerra convencional; y las pérdidas inaceptables para EEUU eran perfectamente aceptables para los vietnamitas.

El Muro de Berlín



El “Muro de La Vergüenza”

Hace ahora 40 años, el 13 de agosto de 1961, las autoridades soviéticas y de Alemania Oriental decidieron aislar la parte oriental de Berlín para detener el éxodo de ciudadanos hacia Occidente y ordenaron la colocación de las primeras alambradas. La construcción del muro comenzó unos días después, el 18 de agosto. Para entonces, muchos habían huido ya, y muchos otros siguieron intentándolo a pesar de la mole de hormigón. Alrededor de 250 personas pagaron con la vida su "osadía" de pasar "al otro lado". Para Occidente era el «muro de la vergüenza». Para el Este, su barrera contra el fascismo.
Su caída el 9 de noviembre de 1989, 28 años después de su construcción, fue el comienzo del fin de los regímenes comunistas en Europa Oriental.
Pero el muro de Berlín no cayó en un día ni en un otoño, como escribía Gorvachov en su libro «Cómo fue. La reunificación alemana». Y es que el empeño de los berlineses en recuperar su libertad hizo posible que el Telón de Acero que había dividido en dos al mundo pasase a formar parte del pasado.
Objetivo: Occidente
El deseo de libertad fue para muchos más grande que la altura del muro. 75.000 personas fueron arrestadas por intentar escapar, 200 resultaron heridas de bala y cerca de 250 fueron asesinadas. Además, miles de ciudadanos fueron juzgados por ayudar a otros en su huida.
El primero en formar parte de la lista negra fue Günther Liltin, de 24 años, que fue abatido a tiros cuando trataba de cruzar nadando el río Spree.
Sin embargo, muchos sí lo consiguieron. Más de 40.000 personas lograron escapar. En los últimos años la cifra se disparó. En el verano de 1989 se produjo el mayor éxodo de alemanes orientales hacia la República Federal desde la construcción del muro. Muchos huían aprovechando las vacaciones estivales. Desde Hungría, vía Austria, lograban salir.
El vopo (policía de fronteras) Conrad Schumann, de 19 años, considerado un soldado leal al régimen comunista, fue uno de los primeros en huir a las pocas horas de que se levantara el muro.
Quince vopos murieron durante estos 28 años. Uno de ellos fue asesinado por los soldados occidentales que evitaron así la muerte de un joven de 15 años que intentaba huir.
Los berlineses agudizaron su ingenio para intentar escapar: un hombre cruzó el mar Báltico con un minisubmarino y consiguió llegar a Dinamarca; un vehículo Isseta fue empleado 18 veces para transportar a fugitivos, que se escondían en el hueco de la calefacción y en la batería; un coche consiguió pasar por debajo de la barra fronteriza gracias a su pequeño tamaño; una familia utilizó un cable tendido sobre el muro por el que se deslizaron y otros huyeron con un globo aerostático.
Una cadena de televisión norteamericana financió a cambio de la exclusiva la espectacular fuga de 29 personas bajo tierra.
Otros tuvieron menos suerte. Las imágenes del joven Peter Fechter agonizando tras ser alcanzado por los disparos de la policía impresionaron al mundo occidental.
Otro caso significativo fue el de Klaus Brüske, que herido por una bala, aguantó al volante de su furgoneta hasta llegar al otro lado del Muro para poder salvar a sus compañeros.
La última víctima fue Chris Geoffrey, que murió nueve meses antes del derribo.
Los berlineses que consiguieron llegar a la RFA tuvieron una muy buena acogida por parte de sus paisanos occidentales y el Gobierno les dio todo tipo de facilidades. Los medios de comunicación también contribuyeron creando un clima favorable a la integración.
Familias separadas
El Muro de Berlín dividió también el corazón de cientos de familias y amigos que vieron cómo una mole de hormigón les separaba de sus seres queridos.

Alemania hoy
Alemania es desde hace más de una década un país política y económicamente unido pero en algunos aspectos el Muro sigue dividiendo a los alemanes.
«Pensaba que la integración del este con el oeste llevaría una década, pero ahora creo que harán falta 40 años», declaraba a la NBC Edmund Stoiber, jefe de Gobierno de Baviera, durante la celebración del décimo aniversario de la caída del Muro.
La llegada de mano de obra joven y cualificada procedente de Berlín Oriental fue una buena noticia para empresarios y Gobierno, a pesar de los dos millones de desempleados que había en la República Federal en 1989. Un alto porcentaje de los nuevos contratos que se hicieron, sobre todo en los primeros años, han sido para los berlineses orientales, lo que ha provocado malestar en un segmento de la población, que acusa a sus paisanos de robarles sus empleos. Además, las empresas no tienen más incentivos fiscales desde que desaparició la frontera y algunas se han ido a otra parte.
Alemania sigue siendo la primera potencia europea y la que más contribuye a las arcas de la UE, pero la última cifra oficial de desempleados roza los 3,5 millones y no deja de aumentar. Según un informe del Gobierno presentado en abril de 2001, Alemania no ha logrado repartir bien su riqueza y las desigualdades sociales han aumentado de manera notable en los últimos 20 años. La brecha entre ricos y pobres se ha incrementado al tiempo que se evidencia la diferencia de rentas entre el este y el oeste.
Algunos germano occidentales se quejan también de la subida de impuestos propiciada por la reunificación.
Por su parte, los berlineses del este se han tenido que acostumbrar al paro, un problema que no tenían con los comunistas. Y tampoco ha sido fácil adaptarse a la economía de mercado.
Otras heridas continúan abiertas. Los poscomunistas alemanes, herederos del Partido del Socialismo Unificado (SED), favorable a la separación de las dos Alemanias, admiten que el muro no fue una solución, pero no han llegado a pedir perdón a las víctimas de manera colectiva.
240 personas murieron y 75.000 fueron encarceladas por intentar cruzar la inmensa barrera durante sus 28 años de vida
BERLIN.- Cuando comenzó a ejecutarse la «Operación Rosa», que transformó un caluroso domingo de agosto de 1961 en una jornada tensa y dolorosa, Chris Gueffroy ni siquiera había nacido. Una cruz blanca engarzada en una verja a pocos metros del Parlamento alemán recuerda que el joven Gueffroy murió a los 20 años, muy poco antes de que cayera el llamado en Occidente «Muro de la Vergüenza», y «barrera de protección antifascista», en el bloque oriental.
La «Operación Rosa», gestada por Erich Honecker, secretario del Consejo de Defensa Nacional, respondía a la decisión del presidente Walter Ulbricht de acabar con la sangría humana sufrida por la República Democrática.
Entre julio e inicios de agosto de 1961 se fugaron a Berlín occidental unas 50.000 personas, 4.000 de ellas la víspera de aquel domingo de agosto. A mediados de junio, Ulbricht aseguró que «nadie» pretendía levantar «un Muro». Dos meses después, a las 16.00 horas del 12 de agosto de 1961, daba luz verde a la operación, iniciada pasada la medianoche con el corte del transporte y vías de acceso. Los soldados germano-orientales colocaron alambre de espino en la línea de demarcación entre Berlín Este y Oeste.
A las 1.11 la emisora de Berlín oriental anunciaba que las autoridades, siguiendo el consejo de sus socios del Pacto de Varsovia, reforzarían la vigilancia de la frontera con Berlín oeste. El 18 de agosto comenzó a levantarse el Muro, una mole de placas de hormigón a lo largo de 155 kilómetros, con zonas de hasta cuatro metros de altura. El 23 de agosto sólo quedaban siete pasos fronterizos, entre ellos el más conocido, el Checkpoint Charlie.
La reacción internacional fue más tímida de lo esperado por la población. «El Este actúa, ¿qué hace Occidente? Occidente no hace nada. Kennedy calla... MacMillan se va de caza... y Adenauer echa la culpa a Brandt», titulaba el 16 de agosto el Bild.
Brandt, que era alcalde de Berlín en 1961, recuerda en sus Memorias cómo Kennedy se encontraba en su yate cuando se anunció el levantamiento del Muro, y se preocupó principalmente por si se habían infringido los derechos de los aliados. «Puedo movilizar a la Alianza si [Kruschov] hace algo contra Berlín Oeste, pero no si lo hace en Berlín Este», dijo.

Dos años después, en su célebre visita a Berlín proclamaría su «ich bin ein Berliner (soy berlinés)», parafraseando la frase latina «civis romanus sum», como grito de libertad frente al bloque comunista. Kennedy había respondido el 17 de julio de 1961 con una negativa al memorándum de Kruschov, redactado tras la Cumbre de Viena, en el que el líder soviético aludía a la necesidad de reglamentar las comunicaciones con Berlín mediante acuerdos con la RDA. Ya en 1948 los dos bloques habían librado un pulso con escenario berlinés cuando Moscú decretó el bloqueo de Berlín Oeste, batalla que Occidente ganó gracias a su tenacidad aérea.
En la construcción del Muro trabajaron más de 50.000 obreros, que ejecutaron los planos del soldado Hagen Koch, hoy uno de los murólogos más codiciados por los medios de comunicación. «En aquel momento estaba convencido al 300 por cien de que éramos los buenos y que queríamos la paz», asegura Koch, que tenía 21 años cuando Honecker lo reclutó.
Autor del libro 'Die Berliner Mauer', recuerda cómo el pueblo germano oriental no se quedó callado cuando vio aquel cálido domingo de agosto que quedaba cercado en su propio destino. Ese 13 de agosto la Stasi (policía política de la RDA) registró 20 concentraciones y protestas, de entre 20 y 600 personas. En las tres semanas posteriores 6.000 personas fueron detenidas por manifestarse o intentar huir.
La República Democrática Alemana tuvo que aplicar mano de hierro para contener a sus ciudadanos, que incluso con el Muro seguían intentado escapar. Según revelan los historiadores Bernd Eisenfeld y Roger Engelmann, en su libro'13.08.1961. Construcción del Muro, fugas y protección del poder', más de 75.000 personas fueron encarceladas por intentar traspasar la que llamaban «barrera de protección antifascista». En los 28 años y tres meses de vida del Muro siete personas fueron detenidas a diario por querer huir del régimen germano oriental. Eisenfeld y Engelmann señalan que quienes pagaban más cara su osadía eran los guardias. Además de Conrad Schumann, cuyo salto a Occidente quedó inmortalizado por la cámara de Klaus Lehnartz, lo intentaron con éxito 2.500, pero otros 5.500 fracasaron y pagaron con una media de cinco años de cárcel.
¿Quiénes son los responsables históricos de aquella aberración? ¿Quién debe pedir perdón a la madre de Gueffroy y las otras 240 víctimas mortales del Muro? Los poscomunistas del Partido del Socialismo Democrático (PDS), herederos del Partido del Socialismo Unificado (SED), que comandaba Ulbricht, acaban de condenar que se levantara el Muro, en una declaración en la que consideran «injusto e inhumano» que se matara a quienes intentaban escapar al Oeste.
Sin embargo, no han ido tan lejos como para pedir perdón, lo que irrita particularmente a los democristianos. Berlín celebra elecciones el 21 de octubre, y el PDS, con su candidato Gregor Gysi a la cabeza, podría desempeñar un papel fundamental en la formación del futuro gobierno regional de la capital alemana. Según Egon Bahr, que fuera mano derecha de Willy Brandt, no son los poscomunistas alemanes quienes deben pedir perdón, sino los herederos del poder soviético del que dependían los dirigentes germano orientales. «Deberíamos exigir responsabilidades a Gorbachov, a Yeltsin y a Putin. La RDA era satélite de la URSS, o al menos eso manteníamos en Occidente, mientras ellos se proclamaban soberanos, ahora se argumenta lo contrario. Krenz, cuando testifica en los juicios del Muro, asegura que la RDA no era soberana, pero nosotros mantenemos que sí lo era. Es otra de las paradojas de la historia», comenta Bahr, artífice junto a Brandt de la Ostpolitik.
«No sé cómo pudimos soportar tanto sufrimiento», confiesa Marianne Birhtler, guardiana de los archivos de la Stasi. En el fondo subyacía en uno y otro lado la esperanza de que los muros igual que se construyen también pueden derribarse.
Testimonio de la derrota
«Con la construcción del Muro, el Este daba cuenta de su derrota. Supuso un punto de inflexión en la historia de la ciudad y en la historia del país», aseguraba recientemente Egon Bahr, mano derecha de Willy Brandt, alcalde de Berlín en agosto de 1961. Marianne Birthler, responsable del archivo de la Stasi y entonces adolescente en Berlín Este recuerda el suceso como «uno de los más tristes de la historia alemana».

Muestra de que la población no se rendía es una anécdota de la que daba cuenta estos días el diario Frankfurter Rundschau. Frente a la famosa Puerta de Brandemburgo, en 1981, una niña preguntaba a su madre: «¿Qué hacen ahí esos soldados?». «Vigilan para que nadie pueda venir de allí [del Oeste]», a lo que añadió más bajo «y sobre todo para que nadie salga de aquí».
El Muro sobre ruedas
Con motivo del 40 aniversario de la construcción de ladrillo que separó en dos la ciudad, un numeroso grupo de personas emprende un paseo en bicicleta de 25 kilómetros siguiendo la estela de la histórica edificación
«Estoy muy emocionada porque mi sueño de toda la vida era ver cómo el Muro se derrumbaba y esta experiencia de recorrerlo en bicicleta me ha permitido rememorar el horror que sentí cuando vi cómo lo construían y la euforia que experimenté cuando finalmente cayó». Jutta Georgues tiene 63 años, es una forofa de la bicicleta y una apasionada berlinesa. Ha participado en cinco de los siete recorridos ciclistas que, a instancias del ecopacifista Michael Cramer, se han venido realizando desde el pasado 19 de mayo.
Numerosas personas tomaron parte el 11 de agosto en el último paseo ciclista por el camino que recorría el Muro desde la estación de Hermsdorf hasta la Potsdamer Platz, unos 25 kilómetros que arrancaron a través de verdes praderas en las que pastaban tranquilamente caballos y ovejas, para concluir en pleno corazón del nuevo Berlín. Los siete trayectos ideados por Cramer abarcan los 155 kilómetros de Muro, que, en contadas ocasiones, puede verse físicamente casi 12 años después de su derrumbamiento.
«Doy gracias por haber vivido lo suficiente para ver cómo el Muro se venía abajo aquel emocionante 9 de noviembre, y por estar en forma para realizar estos paseos», señala Jutta, quien siempre se desplaza en bicicleta por la ciudad donde nació. Jutta siempre confió en que el Muro, del que quedan escasos restos en Berlín, no era eterno. «Me decían que estaba loca pero tenía una fe inmensa en que otra vez pasaría con normalidad a Berlín Este a ver a mis amigos y conocidos», relata con ojos vidriosos esta berlinesa de pura cepa. Bien pertrechada para la excursión, con casco y guantes de ciclista, además de una buena cámara fotográfica, Jutta llegó puntual a la estación de tranvía de Hermsdorf, al norte de Berlín. La mayoría de los participantes, muchos de ellos en la cincuentena, estaban a las dos de la tarde en el sitio acordado, con ganas de emprender la marcha cuanto antes.
Otra habitual de los paseos ciclistas es Barbara, nacida en Turingia hace 50 años, pero berlinesa de adopción desde hace dos décadas. «Menos mal que hoy estoy a tiempo en la línea de salida. Una vez me perdí el paseo por llegar tarde y lo lamenté muchísimo. Como es el último día quería participar en este recorrido tan lleno de simbolismo», comenta Barbara, una de las más entusiastas ciclistas del grupo.
Michael Cramer, el organizador de las excursiones, saluda a la concurrencia. Altavoz en mano, Cramer informa de las líneas generales de la ruta (vamos a empezar por una zona de una gran belleza natural, luego tomaremos un piscolabis antes de adentrarnos en la Bernauer Strasse, quizá la calle que más recuerda la construcción del Muro) y anuncia que hemos batido un récord. Con 250 participantes, superamos el número de otras convocatorias, que como media reunieron a unas 100 personas. Muchas de ellas repiten la experiencia en esta ocasión, como es el caso de Barbara y de Jutta.
Señalar el camino
Cramer confiesa que no ha podido estar presente en todos los paseos, que se han llevado a cabo un sábado cada 15 días, debido a que el 16 de junio era su cumpleaños, y además tenía obligaciones parlamentarias. Cramer, profesor de formación y portavoz de transporte de los Verdes en el Parlamento regional de Berlín, defiende que el camino del Muro se señalice claramente para poder recorrerlo como hacemos ahora en esta excursión.
«En muchos tramos no hay ninguna pista que nos permita adivinar que allí se erigió el Muro. Creo que sería bueno que se indicara el camino y que se mostrara de forma pedagógica. Hay que hacer viva la Historia y ésta es una buena forma de conseguirlo», señala Cramer, quien asegura que la iniciativa, que ya se estudia en el Parlamento regional, no implica un gran desembolso económico.
La pasión ciclista por el Muro le viene a Cramer de su adolescencia, cuando comenzó a fotografiar su presencia en la Bernauer Strasse. Combinó este interés fotográfico con su afición a la bicicleta y el resultado fue esta iniciativa que culminó el día 12 en vísperas del 40 aniversario de la construcción del Muro.
El último paseo ciclista por los restos del Muro de esta temporada atravesó ayer primero el Tegeler Fliess, un paraje natural muy inspirador para los deportistas. Los curiosos que ven pasar a la singular tropa (imagínense 250 ciclistas de todas las edades y tamaños atravesando el campo continuo a su casa) les dan ánimos o les hacen preguntas.
«¿Hacia dónde van?», señalan curiosos. «La meta está en la Potsdamer Platz», responden a coro. «¿Y dónde hacen noche?», pregunta una anciana. No podemos contener la carcajada. Veinticinco kilómetros son algo más que un paseo, pero están muy lejos de abarcar una etapa del Tour. Nadie ha pensado en hacer noche por el camino, ni en quedarse en el Hyatt de la Postsdamer Platz a descansar.
Sin tiempo para el anunciado piscolabis, pasamos por el puente de la Bornholmerstrasse, donde puede leerse una placa en la que se rememora cómo este acceso se abrió en la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989 por primera vez desde el 13 de agosto de 1961. «Los berlineses están de nuevo juntos. Willy Brandt: Berlín vivirá y el Muro caerá». Allí vemos planchas del Muro por primera vez de forma clara. Unos cuantos pedaleos más y llegamos a la Bernauer Strasse, la calle que unió su nombre para siempre a la construcción del Muro. Desde sus edificios se arrojaron berlineses del Este desesperados por llegar al otro lado cuando ya había una barrera casi infranqueable entre Este y Oeste. Allí dio el salto a la libertad el soldado Conrad Schumann, que se elevó sobre el alambre de espino y huyó del Este sin mirar atrás.
Piedra pintada
«Siempre pensé en salir de Berlín Este, pero nunca me decidí a hacerlo. Tenía miedo, mucho miedo. Te amenazaban a ti y a tu familia. Pero me alegré tanto de ver cómo caía el Muro que me lancé a la calle el 9 de noviembre armada con un escalpelo para quedarme con trozos de aquel monstruo. Tengo uno en mi mochila», explica Barbara, ya vieja conocida de otro paseo ciclista. Sin decir nada desaparece y me da una piedra pintada. «Es auténtico Muro. Te lo aseguro». Y vuelve a perderse entre la multitud.
Apenas nos quedan unos kilómetros para llegar a la Potsdamer Platz, pero antes pasamos por delante de la nueva cancillería, del Reichstag, de la Puerta de Brandeburgo y luego enfilamos hacia el corazón del nuevo Berlín, donde arquitectos como Renzo Piano o Rafael Moneo dejaron su sello.
«Ring, ring, ring, ring», tocamos el timbre de nuestras flamantes bicicletas para anunciar nuestra alegría y pedir comprensión a los automovilistas. Son las seis de la tarde y Jutta ha logrado cumplir su sueño, esta vez sobre ruedas.

Buenas Fotos del Muro de Berlín