domingo, 19 de julio de 2009

Mongólia, con las casas a cuestas



El actual siglo respeta en Mongolia el nomadismo de sus pastores, quienes no pueden prescindir de sus yurtas

El alemán Kart Beadeker fue un gran promotor del turismo. En 1840 sus guías de viajes encabezaban la lista de los libros más vendidos. Entre los destinos favoritos del autor figuraba el sistema montañoso de los Pirineos, en el suroeste de Europa. Láminas de espacios naturales para acampar u hospedajes sólidos con mullidos edredones para pernoctar ilustraban sus publicaciones. Hasta hace muy poco, la propaganda contemporánea presentaba similares estampas.
No obstante, todo indica cierto cambio en algunas pautas en la exploración de nuevos mercados con vistas a atraer más y más turistas… y, desde luego, sustanciales dividendos económicos. Las novedades rozan incluso ahora el linde de las excentricidades. Desde el pasado año, en la localidad francesa de Banios, en las mencionadas altitudes, un pequeño hotel regala emociones inéditas: dormir en una yurta (también conocida como ger ourts).

Casi siempre a caballo

Acababa de llover y la cuenca de la mano se resistía a escurrir el generoso regalo de la naturaleza. Pero qué se le iba a hacer. Cada año era igual y ya la tierra había absorbido la cantidad necesaria para la vigorosidad de los pastos en beneficio de sus ovejas, muchas entre los tantos millones de cabezas de ese ganado en todo el país. Así pensaba el hombre.
Acababa de llover y aunque hubiera hecho falta un poco más de agua para limpiar a profundidad todo el diámetro de la vivienda, esta había logrado sacudirse el habitual polvo de la meseta del Gobi. De modo que podía darse por satisfecha. Así pensaba la mujer.
Al bajar la lona de entrada a la yurta dejaron de pensar. Ambos daban por terminado otro día en Mongolia.
Tal vez estos hipotéticos personajes y los huéspedes del empresario turístico francés Hervé Carenzi concuerden en expresar que un reposo semejante junto al hogar provoca "¡Sueños redondos!". Sin embargo es muy probable que esta frase plasmada en un libro de visitas de los Pirineos, el 16 de julio de 2005, adquiera otra connotación para los pobladores de Asia central, de donde es originaria esta peculiar "casa" portátil.
Sabido es que el estilo de vida nómada, amiga de los caballos, camellos o mulos, y con actividades productivas de pastoreo (existen evidencias arqueológicas de los años 4000 y 2000 a.n.e) sigue siendo todavía una realidad para millones de personas en el planeta.
La trashumancia ha contribuido de manera indiscutible, según el antropólogo galo André Bourgeot, a la evolución de las técnicas y las formas de explotación y aproximación al espacio. Por lo cual es posible aducir que la percepción del entorno difiera bastante entre un neoyorquino de vacaciones en Francia y la de un pastor tsaatan (los que poseen renos).
El primero, casi con absoluta seguridad, nunca asociará al Universo con la ovalada yurta, rentada en oportunidad única y solo como ambiente alternativo de recreo. En cambio, cuando en primavera el segundo descienda de las cumbres boscosas de Mongolia llevará consigo su casa. Doblada y arrastrada por bueyes le resulta inseparable.
Refugio y paciencia son condiciones básicas para cuidar al nutrido rebaño de renos hembras que solo consiguen parir en el extremo norte, abundante en pozos y lagos pocos profundos. Levantar campamentos de gerood (plural de ger) es entonces imperativo de una estadía relativamente corta, asumida con total despreocupación por estar acostumbrados a montar y desmontar sus viviendas en aras de recorrer, de frente hacia el horizonte, la inmensidad de su tierra; la del cielo azul.

Microcosmos circular

La yurta más antigua, hasta el momento, se remonta al siglo XIII y fue hallada en las montañas de la provincia mongola de Jentii. Se supone además que los escitas, conocidos como los Jinetes de las llanuras, confeccionaran tiendas parecidas ya para el año 700 a.n.e.
Muy parecidas a los tipis de los indios de Norteamérica, la yurta centroasiática privilegia la piel de los rumiantes para la confección de sus paredes, levantadas a partir de un enrejado de madera de cuatro a cinco piezas o postes colocados en círculo.
El diámetro común es de seis metros y su área cubierta es de 20 metros. En esa superficie deben caber las esteras para dormir, las pequeñas banquetas y mesas bajas para comer, los bártulos, los utensilios de cocina, las alfombras y lámparas, no pudiendo faltar la chimenea central.
Por dentro las paredes se cubren de almohadones de fieltro de lana de oveja así como de telas blancas. Hacia el techo se abre un agujero para el baño de luz y la salida del humo. El frío y la lluvia se ahuyentan al cerrarlo firmemente con un pedazo de fieltro. No obstante la circulación de aire, en una hora, es de 50 a 100 veces superior en comparación con una casa "normal", y la temperatura mantiene una constante de 18-20 grados.
Pese a singularidades de la cultura de cada nación, este mismo tipo de construcción se repite en ciertas comunidades de Uzbekistán, Kazajstán, Kirguizia, Turquía, Siberia y hasta en el golfo Pérsico. Pero su utilidad cimera se evidencia sin dudas en las zonas rurales de la Mongolia de hoy. Por no hablar de que cerca de Ulan Bator, la capital, en el distrito de Bainsur las yurtas ya se confunden entre torres de alta tensión.

Modernidad "tradicionalista"

En Mongolia la familia ha adoptado asimismo patrones "occidentales" menos nocivos; ver televisión, escuchar música en un lector de CD... Y de la tentación de poseer un vehículo moderno surgen simpáticas escenas donde estacionar una motocicleta junto a un yak es una estampa nada imposible.
Tampoco debe sorprender la preferencia de la juventud por los "pitusas" o "jeans" y otras "irreverentes" prendas de vestir. Y como "el hábito no hace al monje", y como sería muy prejuicioso calificar de atrasado todo lo tradicional, prevalece el respeto a la jerarquía, a la sabia palabra del anciano, a compartir juntos la comida más importante, que es la cena de carne hervida, servida en una fuente colectiva.
Y en esa meticulosidad que da lidiar con sostenidos vientos en un clima de cambios constantes y que atrae en demasía restos de las arenas del desierto de Gobi, adultos y chicos se sustraen de sus tareas asignadas por edad y sexo, para compartir la limpieza de su yurta en vísperas del 24 de enero y de las Fiestas del Mes Blanco (Tsagaan Sar) o Año Nuevo Lunar.
Jamás importan las largas jornadas. Tienen para esa encomienda todo el tiempo y todo el espacio, dentro y fuera, de su circular universo.