lunes, 13 de julio de 2009

De Muscú a Vladivostok

Un viaje Alucinante:
Viaje Virtual desde Moscu a Vladivostok




Historia del Transiberiano, un tren mítico

El Transiberiano ha despertado la imaginación, durante años, de historiadores, de novelistas, de artistas, de los que como yo, amamos al tren y a las mil y una historias que en él pueden vivirse. Tanto los parajes que cruzaba (y cruza) como su historia, como la idea de aventura que subyacía en aquella época elevaron a este tren turístico al altar de los mejores viajes en tren que puedan hacerse, sólo equiparables al mítico Orient Express.
El Transiberiano nos remonta a la época zarista, al de las clases altas, al romanticismo de aquellos trenes de madera y cómo no, a los parajes que Julio Verne nos describió en su genial obra “Miguel Strogoff”.
Cruzar fronteras en tren son anhelos de espíritus libres, mucho más inalcanzables cuanto más antiguos y nostálgicos sean los medios ferroviarios existentes para atravesar lugares tan inhóspitos como la helada Siberia.
A mediados del siglo XIX, Rusia apenas podía presumir de un tren: el que cubría la línea San Petersburgo-Moscú. Fue en el año 1851 cuando ésta se puso en marcha, y aunque era perfecto y muy avanzado para su época, lo cierto es que sólo conectaba ambas ciudades, dejando desprotegidas a muchas otras. Para desplazarse a Oriente había que hacerlo atravesando las estepas rusas en trineo o, en último caso, en tarantass, unas especies de carromatos.
Siberia, cuyo único interés residía en el comercio de pieles, no tenía otro tipo de conexión.
Hacia 1870 otras potencias comenzaban a modernizarse. Estados Unidos ya tenía sus primeras líneas, incluso transcontinentales, mientras que en Oriente un futuro gigante comenzaba a asomar la cabeza: Japón.
En ese tiempo, Rusia, lo más que había invertido fue en ampliar la línea San Petersburgo.Moscú, haciéndola llegar a Ekaterimburgo. Sin embargo, la anexión al Imperio ruso de Vladivostok fue la plataforma de lanzamiento para el avance ferroviario en el país.
Fue el zar Alejandro III el que decidió unir Moscú con la lejana Vladivostok e incluso planeó ramales que llevaran hasta Port Arthur y Pekín. El 31 de marzo del año 1891 se puso la primera piedra de la línea del Transiberiano, cuyas obras comenzaron desde ambos lados al mismo tiempo, Moscú y Vladivostok. Quedaban por delante 25 años de duros trabajos, cuyos principales obstáculos serían el intenso frío al que habrían de enfrentarse, así como las lejanas distancias entre ciudades.

Incluso antes de estar finalizada, la línea comenzó a abrirse por tramos. Efectivamente podía llegarse a Vladivostok, pero había zonas que había que cruzar en barco durante muchos kilómetros, como en la zona de Jabarovsk o como en el cruce del lago Baikal, que había que pasar en rompehielos.
En 1905, y para facilitar el transporte, se comenzó otro ramal que rodeaba el Baikal. Sin embargo, las prisas por acabar la línea completa jugaban en su contra y con frecuencia había que reconstruir tramos completos. Aún así, la línea del Transiberiano fue acabada oficialmente en el año 1916 y desde ese mismo momento los ojos de las grandes compañías turísticas se volvieron hacia ella, como la propia Orient Express.
Evidentemente, se trataba de Rusia, y ellos no iban a pemritir la entrada de capital extranjero. Aún así, hubo unos años, antes de la inauguración completa de la línea, en que junto con el Transiberiano del Estado ruso también circulaba el de la Compañía Internacional de Coches-cama. Pero fue así sólo hasta que los bolcheviques, en el año 1917, les confiscaron todo el material. Quedó así, sobre las vías, la versión de lujo, de 11 coches, que, curiosamente, el proletariado no podía utilizar.
No obstante, el país creció con el Transiberiano de columna vertebral, y aquella línea original sirvió para que posteriormente se crearan otras líneas complementarias, como el Transmanchuriano y el Transmongoliano.

El viaje en el Transiberiano lo inicio en Irkutsk; en la orilla contraria del lago Baikal, Ulan Ude se encuentra a solo ocho horas de recorrido. Entre ambas, Irkutsk y Ulan Ude, la vía discurre cercana a la orilla del lago. El paisaje que se contempla es extraordinario.

Antes del Baikal, dos horas de taiga con su incesante monotonía; al llegar al lago el paisaje cambia de repente teniendo, a un lado, el agua esmeralda del lago con placas de hielo fundiéndose con algún pueblecillo en sus orillas y al otro un sinfín de montañas con las cumbres nevadas. Ulan Ude es la capital de Buratia; sus pobladores originales, los burats, siguen siendo, a pesar de la colonización, el 50% de su población; su físico es muy similar al de los mongoles; la proximidad a Mongolia es apenas de unos kilómetros.
En Ulan Ude se habla mayoritariamente el ruso, casi al 100%. La gente discurre, en grupos de amigos o parejas mixtas, plácidamente por sus calles, es una ciudad relajada, va a otro ritmo que la mayoría de las ciudades rusas siberianas.
Paseando por Ulan Ude se pueden distinguir las casas de madera, la zona histórica, una cabeza enorme de Lenin (parece vigilar a todo el que pasa cerca suyo), una infinidad de salas de conciertos y de teatros y un museo etológico.
El transiberiano parece un tren que comienza desde muchos sitios y que acaba terminando en otros tantos muchos, hasta cuatro “ramales” jalonan los mapas turísticos. Vladivostok es el sitio más lejano, ya en el mismo Océano Pacífico.

Para quien realiza un recorrido completo, digamos desde Ucrania, el trayecto se convierte en ocho días de un continuo cambiar de un tren A a un tren B. Durante el itinerario se pasan 7 franjas horarias el lío horario, todos las horas de los billetes están referidas a Moscú. Las 7:30 del billete pueden ser las 12:30 de Irkutsk o las 15,30 del oto extremo, en el este final. Lo curioso de todo esto es que, al ir pasando las estaciones, los relojes señalan la hora de Moscú, distante más de nueve mil kilómetros de Vladivostok, la que reflejan los billetes. Quizás sea lo más sencillo en todo este babel ferroviario.
A pesar del continuo y progresivo cambio de paisaje, se repetía un leit motiv, las dachas; son una especie de terrenos agrícolas con una vivienda anexa que, parece, todo el mundo tiene en Rusia. Son la “casa de campo”, de hobby y que surten a la familia de verduras frescas propias.
Los carteles del tren, indicando las paradas, son el sitio más visitado por los pasajeros; las paradas, tan rápidas que apenas si da tiempo a bajar, de la mayoría de las estaciones son compensadas por varias de al menos treinta minutos de duración, durante las cuales todo el personal pone el pie a tierra y charla, fuma, compra comida,…

Vladivostok al llegar recuerda a Estambul y a San Francisco; la península con la misma forma que el Cuerno de Oro de la capital otomana o las empinadas calles con tranvías que bajan y suben son la explicación de estas comparaciones.
Vladivostok es una ciudad con encanto, hay casas antiguas, tranvías, puerto con muchos barcos,… La gente conduce coches de segunda mano japoneses en vez de los rusos nuevos; de bien lejos llegan a comprarlos incluso, regresando por carreteras infernales a menudo sin asfaltar, sobre todo en un enorme tramo de 3000 km.
Nada como el transiberiano para recorrer Siberia, uno de los mejores viajes en tren que se pueden hacer en el mundo.

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